Criterio de riego
¿Regamos ya?
Qué comprobar antes de decidir el siguiente riego

Regar bien no consiste en abrir el agua porque ha llegado la hora. Consiste en comprobar qué está ocurriendo en el suelo, qué está sintiendo la planta y si el agua disponible continúa al alcance de las raíces.
En el campo es fácil acostumbrarnos a una rutina: tantos minutos, tantas veces por semana. Esa rutina puede servir como punto de partida, pero no debería sustituir a la observación. El mismo cultivo no consume igual durante toda la campaña, y una parcela tampoco responde igual todos los días.
Por eso, antes de decidir el siguiente riego, conviene reunir varias señales. Ninguna lectura aislada cuenta toda la historia.
Lo primero es saber qué estamos midiendo
Un tensiómetro no indica directamente cuántos litros de agua quedan en el suelo. Mide la tensión con la que el suelo retiene el agua. Dicho de una manera sencilla: nos informa del esfuerzo que necesita hacer la raíz para extraerla.
Cuando el suelo se seca, esa tensión normalmente aumenta. Después de un riego, disminuye. Pero una lectura cercana a cero no significa automáticamente que todo el perfil esté bien regado. Puede indicar mucha humedad alrededor de la punta, pero también que el instrumento ha perdido agua, ha recibido aire o no está funcionando correctamente.
El tensiómetro solo representa el punto donde está instalada su punta cerámica. No representa por sí solo toda la parcela, toda la profundidad radicular ni el estado general del cultivo.
Tres comprobaciones antes de cambiar el riego
Primera: comprobar el suelo.
Observa la humedad a la profundidad donde se encuentran las raíces activas y compárala con otro punto representativo. La superficie puede estar seca mientras debajo todavía queda agua, o parecer húmeda después de un riego corto que apenas ha alcanzado la zona radicular.
Segunda: comprobar el instrumento.
Revisa que el tensiómetro conserve el agua, que no haya entrada de aire y que responda después de los riegos. Si la aguja permanece inmóvil mientras el suelo cambia, esa lectura necesita revisión antes de utilizarse para tomar una decisión.
Tercera: comprobar la evolución.
Una lectura tiene mucho más valor cuando forma parte de una secuencia. Anota la fecha, la hora, el último riego, la lluvia recibida y cualquier intervención sobre el equipo. Lo importante no es solo el número, sino comprobar si su evolución coincide con lo que ocurre en el suelo y en la planta.
El clima también forma parte de la lectura
La temperatura, la radiación, el viento y la humedad ambiental modifican la demanda de agua. Un día caluroso, seco y ventoso no puede interpretarse igual que un día fresco, húmedo y sin viento. Tampoco responde igual una planta joven que otra en plena floración, cuajado o carga productiva.
Y hay un matiz importante: con calor intenso, la demanda atmosférica aumenta, pero una planta sometida a estrés puede cerrar los estomas, reducir la transpiración y frenar su crecimiento. Por eso no debemos deducir el estado hídrico únicamente por la temperatura ni únicamente por el aspecto de las hojas.
Después de una lluvia copiosa también cambia la interpretación. Hay que comprobar hasta dónde ha llegado el agua, si existe drenaje profundo, si se han desplazado nutrientes y si la zona radicular conserva suficiente aire. Más agua no significa siempre mejores condiciones para la raíz.
En invernadero el criterio es el mismo, aunque cambien las variables. Allí debemos relacionar las lecturas con la temperatura, la humedad, la radiación y la ventilación interiores. El invernadero protege del clima exterior, pero crea un clima propio que también condiciona a la planta.
Una forma sencilla de decidir mejor
Antes de regar, yo propongo responder cinco preguntas:
- ¿Qué indican las lecturas y cómo han evolucionado?
- ¿A qué profundidad está realmente la humedad?
- ¿Dónde se encuentran las raíces activas?
- ¿Qué condiciones meteorológicas ha soportado el cultivo?
- ¿Lo que mide el instrumento coincide con el suelo y con la respuesta de la planta?
Si las respuestas son coherentes, la decisión tendrá fundamento. Si se contradicen, lo prudente es revisar antes de aumentar, reducir o retrasar el riego.
Observar antes de actuar
La agricultura no funciona con una única cifra válida para todos los suelos, cultivos y días. Podemos ordenar el método de observación, pero no convertir su interpretación en una regla fija.
Una buena decisión nace cuando relacionamos agua, suelo, aire, raíces, planta y clima. El instrumento aporta información. La experiencia permite ponerla en contexto. Y el seguimiento confirma si la decisión fue correcta.
Antes de preguntar «¿regamos ya?», hagamos una pregunta mejor: «¿qué me está diciendo hoy el conjunto del cultivo?»
